El cristal de las panzudas copas de J&B reflejaba la tenue luz de los candelabros que ardían desde la mesada de mármol, y éstos descubrían a medias los rostros de los interlocutores que balbuceaban al ritmo de los canales de televisión por cable. Entre dos bocanadas de humo Roque estudió con disimulo a cada uno de los invitados, no serían más de una veintena, se sentía tan ajeno en aquel lugar cómo en cualquier otro sitio distinto al de dentro de su uniforme. Su cabeza castaño oscura giraba de un lado a otro, cómo buscando algo que faltase, o quizá encontrando algo que sobrase. Lo cierto es que fumaba, y que con cada pitada su rostro envejecía de cansancio, se comprimía; tal vez pensaba en la interminable caravana de pacientes que lo esperaban a la mañana siguiente, en las espaldas peludas y en los muslos rechonchos y transpirados que debía masajear; o puede que quizá, estuviese pensando en sus sábanas frías, vacías de soledad; en sus cuatro paredes que todo lo sabían, testigos de los mares en los que se ha inmerso. Aún así unas pocas cuadras lo separaban de ellas y, al parecer, en la balanza, su colchón añejo pesaba más que la patética y ausente fiesta que se levantaba a sus pies. Unos minutos más tarde Roque salió a la calle: el resplandor de la luna llena iluminaba las nubes grises corriendo desde el Río de la Plata hacia el sudeste y, supo que habría mucho viento. Ajustó el cierre de su campera deportiva marrón y caminó rumbo a la parada del 64. Se marchitaba con cada paso, con cada una de las vidrieras cerradas que pasaba sin siquiera parpadear. Sólo y con un rostro envejecido. Resignado. Sus veinticinco años caminaban cargados de desesperanza, sus pasos al ras del piso, una desesperanza que tan sólo él sabía de donde provenía. Su temor a actuar y su imposibilidad de cambiar las cosas lo atormentaba y por momentos aborrecía su propia existencia, su propio ser. En Avenida Cabildo, la escarcha del frío porteño de agosto penetraba las suelas de sus zapatillas de lona negra y, sólo, caminaba consigo. Encorvado. Inmerso en sus pensamientos o en la ausencia de ellos, con ambas manos en los bolsillos de su pantalón jeans... El viento comenzó a rolar de dirección y su intensidad aumentaba lentamente. Ahora soplaba sobre la frente de Roque haciendo lagrimear sus ojos café. Su andar se volvió de pronto más leve, cómo si el viento de frente hiciese que sus pies se elevaran unos centímetros por encima de las baldosas de la vereda y caminase sin apoyar la planta... En su boca comenzó a pintarse una extraña sonrisa melancólica. Roque sacó del bolsillo izquierdo de su campera deportiva un atado de Camel común, prendió uno y dio dos largas pitadas expulsando el humo, luego, por sus orificios nasales. La calle estaba desierta, entre lo alto de las hojas de los árboles se distinguía una hilera de semáforos rojos. Justo en el preciso instante en el que el primero de ellos dio luz verde el viento volvió a rolar soplando ahora sobre la espalda de Roque. Sus pies volvieron a arrastrarse por las veredas de Avenida Cabildo. Cuando llegó a la parada del colectivo dio la última pitada al cigarro y tiró la colilla prendida al medio de la calle. A las siete de la mañana, a unas pocas cuadras del estadio de Argentino Juniors, en el barrio de La Paternal lo esperaba Don Rafael, su primer paciente de todas las mañanas, un veterano de Malvinas abandonado por su familia en la pos guerra luego de que comprobaran que las secuelas de la batalla serían permanentes y eternas. Sin treguas ni borras de café, día a día recorría la ciudad a lo largo y a lo ancho. Desde Avenida del Libertador hasta Lisandro de la Torre, y desde General Paz hasta estación Soldati. Esperaba el colectivo que lo devolvía a su jaula y se acordaba de Margarita, de las estrías de sus gordas gambas, de su fuerte aliento podrido, de las enormes celulitis por las que debía pasar sus manos para dar un masaje. Pensaba también en Oscar, o más bien en Oscarcito, un cincuentón amanerado que no paraba de insinuarse, sentía en su olfato el aroma a perfumes importados con los que se bañaba, veía el oro en sus muñecas, en su cuello, sentía en la mejilla el pegajoso beso sopapa que éste le daba junto a su paga y a la propina. Justo en el momento en que a su oído llegaba el recuerdo de la voz de Micaela, ese molesto zumbido agudo que salía de su boca cuando ésta la abría para decir algo, o cada vez que gemía de placer mientras él le masajeaba la espalda o las piernas, justo en ese preciso instante en el semáforo de Olleros asomó el colectivo que esperaba. Sacó el boleto y consultó la hora impresa en el mismo. Calculó las horas de sueño, le quedarían unas seis horas hasta que cantara su gallo eléctrico. Roque se acurrucó en su asiento seguramente para hacer más cálidas las pocas cuadras de trayecto, para hacerlas algo más soportables. Las persianas bajas de los comercios de Cabildo corrían veloces por la ventanilla, y se volvían siempre más confusas, borrosas, y luego inexistentes. Oscuras. Negras. Despertó en La Boca, en el mismo asiento, igual de sólo. Aún no del todo consciente intentó orientarse. Preguntó la hora al chofer. Dos menos diez, pibe, dijo éste. Bajó y a lo lejos distinguió la tercer bandeja local de la bombonera. Encendió un Camel y dio dos largas pitadas; ésta vez soltó el humo por su boca. Nadie rondaba las oscuras calles del barrio. Cruzó Brandsen hasta Avenida Patricios y ahí se plantó frente a la parada del 168. Mientras fumaba y esperaba a su mente vino Ramón, pensaba en el fuerte olor a cebolla que emanaban sus axilas, en las aureolas de sus camisas siempre celestes, en su espalda peluda y en sus propias manos masajeando entre el bello transpirado y oloroso. Tuvo suerte, el colectivo ya asomaba por Araoz de Lamadrid. Arrojó el cigarro a medio fumar, prendido. Subió y sacó el boleto. La hora impresa decía las dos y veinte de la madrugada. Se acurrucó en un asiento del fondo. Observaba por la ventanilla las particularidades del barrio de La Boca, las veredas altas, las banderas en los balcones, el mural del Diego. ¿Era el Diego?. ¿Oscuro, casi negro?. Abrió sus ojos descansados, perdidos, nada le parecía conocido. No podía creer haberse quedado dormido nuevamente. ¿Dónde estaría?. El chofer le dijo que estaba en San Isidro, casi al final del recorrido, y que eran las cuatro menos diez. Roque desesperaba y envejecía de angustia. Maldecía su maldita rutina que lo dejaba sin fuerzas. Tanto desgaste y luego nada, sólo el maldito cansancio. Del otro lado de la calle estaba la parada del mismo colectivo, ésta vez para volver. Se sentó en el cordón y encendió otro cigarrillo. La cercanía del río hacía que el frío fuese mucho más cruel y desalmado. Sentía sus largas piernas temblar. Volvía a su mente el recuerdo de la caravana de pacientes, esa maldita maleta y ese guardapolvo celeste claro. Pensaba en tomar decisiones definitivas. En girar el rumbo de su vida de una vez por todas, para siempre. Pitaba y se volvía cada vez más fuerte, más seguro de sí mismo. Más convencido de que tendría las agallas suficientes para mandar todo al carajo, y quizá salir de viaje, y después escribir. Dedicarse a sí mismo. A su felicidad más alta. Fumaba y seguía fumando, y con cada exhalación de humo se volvía más hombre, recuperaba el control de su vida, sentía que podía y fumaba, seguía fumando. Con la colilla encendida encendió el último Camel. Otro cigarrillo. Más fuerza. Cuando apareció a lo lejos el colectivo, Roque saltó del cordón y se reincorporó, su movimiento fue convincente, cargado de una fortaleza hasta entonces ausente en su persona. Sacó el boleto y consultó la hora impresa. Cuatro treinta y dos de la mañana. Se acurrucó en el primer asiento y pidió al chofer que lo despertase en su esquina. Otra vez el paisaje se volvía confuso, tenue. Negro. Despertó en Cabildo y Juramento con los llamados del dependiente de celeste al volante. Caminó las dos cuadras desde la parada a su umbral. Subió los siete pisos en ascensor. Desde el balcón a contra frente, los tejados y las chapas de Buenos Aires parecían descubrirse entre una niebla cargada de lluvia, bajo unas nubes grises que escondían las mentiras de un nuevo día. Consultó la hora en su gallo eléctrico. Seis y cinco de la mañana. Mientras calentaba un café largo Roque lavaba sus dientes. Luego se calzó su guardapolvo celeste y emprendió camino a lo de Don Rafael, su primer paciente de todas las mañanas...